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sábado, 1 de septiembre de 2012

Pan con pan, comida de listos




Hace tiempo que no cuento nada aquí; y no sé si volveré a este lugar. La razón es que el maldito tiempo da para lo que da, y no es mucho. Y el tiempo que invertía aquí, estoy dedicándolo a otro sitio donde se cuenta el mundo árabe: AISHEse bocado de pan árabe hoy cumple un año; un año de esfuerzos y de satisfacciones. La explicación de cómo la celebramos se la robo a la gran Laura Casielles.

Hoy, AISH alcanza su primer cumpleaños: vamos, que ya gatea con destreza y está, casi, casi, listo para andar solito ;). Y hemos decidido celebrarlo como sabemos: escribiendo. Lanzamos un especial en el que os contamos algunas cosas que nos importan sobre este proceso.
  • - Carla Fibla, fundadora del asunto, escribe sobre como el pan que había amasado tomó vida y echó a andar, y se convirtió, quizá, en otra cosa. 
  • - Pilar Comín, jefa de correctores, poli mala del equipo, saca ternura y nos pone rostro
  • - Laila Chukair resume un año de noticias en dos folios de excelente condensación de contenidos: ¡la chuleta perfecta de lo que os habéis perdido por no seguirnos con constancia! ;)
  • - Jordi Comins explica explica por qué, en estos tiempos en que pasan tantas cosas en nuestras propias casas, nos parece de interés preguntarnos qué le ocurre al vecino. 
  • - María Blanco resucita el drama de Babel para contar en cuatro idiomas nuestras peleas con cada uno de ellos. 
  • - A mí me tocaba un texto sobre nuestros contenidos, pero creo que acabé hablando sobre el tipo de periodismo que queremos intentar. 
  • - Y, para nuestra gran alegría, Santiago Alba Rico inaugura una pequeña sección en la que a lo largo de los próximos meses pediremos a algunos expertos que admiramos que nos respondan a la pregunta que mueve esta rueda de AISH: “ ¿Por qué es importante escuchar a los árabes y darles la palabra?”
Así que nada: como quien abre las puertas de la casa, os contamos un poco más sobre nosotros. ¡Sentíos libres para repetirlo a los cuatro vientos! Toda ayuda en la difusión será bienvenida :)
Porque, claro, nadie hace pan para que no se coma.
Nosotros ya estamos preparándonos, con muchas ganas, para el año 2.
Pero solo tendrá sentido si seguís ahí detrás, leyéndonos, acompañándonos, pidiendo más pan. 
Os esperamos. ¡Feliz cumpleaños!


domingo, 26 de febrero de 2012

¡Qué arte!


Las Brecas. Ana (de espaldas) y Rocío López Segovia

Un tipo hecho y derecho, médico, profesor o notario se transforma durante diez días en un bufón. Se disfraza de algún personaje hilarante, se pone una peluca, se pinta un par de círculos rojos en los mofletes, se cuelga un pito y se lanza a la calle, con unos compañeros igual de serios. Y así van cantando por las esquinas, sin más intención que pasarlo bien, divertir a la gente y demostrar su ingenio. Son los carnavales de Cádiz. Se han pasado días y días escribiendo músicas y letras, que son un prodigio de la rima y la sorna; e ideando un tipo (una concepto más cercano a la caracterización teatral que al disfraz) en el que la imaginación y el ingenio son más importantes que los medios. Así, una caja de galletas con un tablero de parchís se convierten en un bonete de graduación universitaria, uno estropajos resultan perfectos adornos de un traje militar, dos botellas de litro y medio de refresco hacen un submarinista y con un trozo de espuma y una tela rosa con lentejuelas  un mujer se transforma en una breca.

El Llanito Solitario; un romancero de Gibraltar

Todo ese esfuerzo  está destinado a sacarle punta a los temas más candentes o a contar con ironía una historia inventada. El objetivo es que el público se ría, pero se equivoca quien piense que todo va de cachondeo. Los gaditanos se toman muy en serio los carnavales, de modo que las risas contrastan con el silencio reverencial que guardan los espectadores de cualquier chirigota, comparsa o romancero; y cuando no es así, siempre hay un amo’scushá que reconviene, con tanta gracia como firmeza, a quien no muestra el debido respeto por la comparsa y por el público. Entre chirigota, un vasito aquí o una cervecita allá, y a buscar la siguiente comparsa. Nunca se sabe en qué esquina cantan ni a qué hora, que para eso se llaman chirigotas ilegales; quizá muchas están menos preparadas que las comparsas del teatro Falla, pero la frescura de la calle suple las eventuales deficiencias.  Y a pesar del mucho manzanilla y la mucha cerveza que se trasiegan y de la cantidad de gente, es impresionante ver cómo avanzan las noches sin empujones ni broncas.
Era inevitable que Urdangarin, la crisis y el naufragio del Costa Concordia fueran los temas estrella, porque una chirigota de calle te hace en media hora editoriales más certeros que muchos periódicos. Pero tampoco iba a escaparse un tipo llamado Cayetano Martínez de Irujo, entre cuyos méritos está montar a caballo (parece ser que no muy allá), tener título nobiliario y ser hijo de su madre, la duquesa de Alba, que como posee una cantidad ingente (indecente) de tierras, se hace con una enorme cantidad de dinero en concepto de subvenciones a la agricultura. Señoritos de toda la vida, el niño opina  que los andaluces son unos vagos y que no tienen ánimo de progresar. Como era de esperar, le han salido chirigotas por todas las esquinas de Cádiz; lógico: trabaja más un chirigotero preparando los cuplés que el tipo ese en toda su vida, y con bastante más arte, porque el señor marqués de Salvatierra (mira tú lo que ha progresado él para ser marqués) es un rato lacio, que hasta para insultar hay que tener gracia.  
El señorito está acostumbrado a la prensa rosa, a elegir en cuál de los palacios de su mamá va a vivir y a manejar pasta larga, pero no tendrá en su vida ni el ingenio ni el arte de rimar dos coplas, ¡como para hacer análisis sociológicos con sentido! Sus juicios zafios y chapuceros son especialmente sangrantes en Cádiz, donde la tasa de paro, una de las más altas de España, supera el 30 % (sí, claro que hay economía sumergida). A la ruina de los astilleros se va sumando el de la pesca, y el turismo no es suficiente para remontar; así que con el trabajo, pocas bromas, aunque se rían de todo y sean felices con unas papas aliñás. Les queda el carnaval; mejor que los japoneses no lo entiendan o se lo esquilmaran a los gaditanos como los atunes.


PS: Hay una antología excelente de chirigotas en http://www.youtube.com/user/vivacai?feature=watch. Y si se sigue buscando por youtube se encuentran joyas,entre ellas algunas de  comparsas memorables del concurso oficial, como http://www.youtube.com/watch?v=LtrRCTx_KY8. 

domingo, 5 de febrero de 2012

Gominolas curativas

Los intentos de desenmascarar estafas en forma de terapias, timos bajo el aspecto de duros a cuatro pesetas y mentiras disfrazadas de insondable misterio son casi todos inútiles. Una de las razones es que todos tendemos a seguir a los nuestros en vez de escuchar a los otrosLa segunda razón es que en todas las sociedades hay una minoría formada e informada, ávida de conocimiento y crítica, y una mayoría (de personas buenas, no me cabe duda) acrítica, inculta (la ciencia es cultura) y con tendencia a creer en cosas que aparezcan como sobrenaturales e incomprensibles (sobrenatural = yo no lo sé; incomprensible = yo no lo comprendo). Las sociedades son así y en eso se basa su funcionamiento. Chamanes, brujos, sanadores, adivinos, astrólogos y sacerdotes, con sus respectivos misterios, sabidurías ocultas, milagros, rituales, dioses y poderes, los ha habido siempre; y seguirá habiéndolos porque es más fácil aceptar que reflexionar, y da menos problemas seguir la bola que cuestionar, y resulta más relajado creer que estudiar, y es menos angustioso vivir con certezas ajenas que con preguntas propias, y se es menos raro abriendo la boca que el cerebro. Así que la superchería no se discute; por supuesto, los que creen en una superchería la llaman fe (la de los demás sigue siendo superchería, claro). 
Por eso ante las teorías creacionistas, que sin sonrojo se exponen en un ciclo de conferencias de la Universidad de Granada1 o ante la cátedra de Homeopatía de la Universidad de Zaragozahay poco que dialogar: o crees o no; pero si no crees, por lo menos hay que presentar batalla. En esa batalla se empeñó Escépticos,un estupendo programa de televisión de la ETB que ha comprado la 2Mientras llega3ver el programa dedicado a la homeopatía da entre vergüenza ajena y una rabia que no puedes con ella, cuando un farmacéutico cae en la cuenta de que está contando mentiras, o cuando esa responsable de empresa de homeopatía le da un manotazo a su director médico para que se calle.
Nadie que crea (del verbo creer a ciegas) en la homeopatía dejará de usarla por ver un programa de televisión. En realidad, es posible que solo sirva para que los que ya sabíamos todo eso nos digamos unos a otros «¡¿ves, ves?!», pero hay que aprovechar todas las oportunidades para combatir (desenmascarar y ridiculizar) a los charlatanes. Debería hacerlo la educación (no será en esta legislatura; el ministro Wert ya ha enseñado la patita), pero los medios de comunicación (más si son públicos) pueden ir haciendo labor de zapa, ya que los Gobiernos no ponen firmes a los mentirosos —personas y empresas— que se lucran de la ignorancia y, a menudo, de la desesperación de un enfermo. Por eso el programa de José Antonio Pérez, presentado por Luis Alfonso Gámez tiene un mérito extraordinario. 
Yo voy a pasarme por la farmacia donde suelo comprar; a ver si tengo que cambiar de boticario y explicarle al mío que lo hago porque no me fío de chamanes que venden crecepelos.
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1 El ciclo de conferencias vale por créditos en diversas licenciaturas. Lo organiza un seminario creado por el rectorado y tiene entre sus objetivos "Fomentar el conocimiento, desarrollo y divulgación del pensamiento cristiano católico en el ámbito de competencia de la Universidad de Granada, como un servicio a la sociedad de nuestro tiempo"; ¡con un par!
2 La cátedra en cuestión está patrocinada por una multinacional que vende productos homeopáticos y que hace que en una facultad de medicina pública se enseñe que unos preparados que no han demostrado su acción en ningún ensayo clínico ni se someten a ningún control de la Agencia Española del Medicamento tienen propiedades terapéuticas.
3 Parece ser que La 2 pasará todos los programas de Escépticos…, excepto el de las religiones; pero para eso está Internet.


domingo, 6 de marzo de 2011

Egipcios -3-



Qásim Amín  (1865-1908) bebió de las fuentes de Abduh (y de al-Afgani, un personaje controvertido al que algunos consideran un intelectual y abnegado luchador, mientras que otros lo tienen por un cantamañanas y ególatra impostor). La particularidad de Amín es que se empapa no solo de positivismo (eso lo hacen muchos) sino, también, de darwinismo; eso lo lleva ―en un peligroso y poco acertado ejercicio de sociobiología avant la lettre― a interpretar la decadencia de las sociedades islámicas como el resultado de la selección natural. Opina que en la lucha por la supervivencia la ignorancia conduce a la inferioridad y sitúa el principio de esa ignorancia en la familia, en la que, dice, imperan relaciones de tiranía; y para revertir tal situación, hay que cambiar el núcleo, que es, a la vez, el elemento más débil: la mujer. La solución la resume en educación y consideración social. Habla de que la mujer debe salir del aislamiento del hogar y que debe vestir sin velo. Y todo eso lo escribe alrededor de 1900 y en Egipto (en dos libros, aquí reducidos a tres frases). No recibe aplausos, pero tampoco lo obligan a callarse, y eso es una medida del aire que se respira. Se ha imbuido de positivismo y cree que la mejor sociedad es la que se basa en el conocimiento y en la ciencia. No deja de ser musulmán, pero, como otros intelectuales liberales, tiene como objetivo paragonar la sociedad egipcia con las europeas. Hoy lo tacharían de traidor a la patria y de neocolonialista.

En ese grupo está también Lutfi as-Sáyyid (1872-1963), menos radical y más nacionalista que Amín; cree que lo que sea Egipto lo será por su historia y no por la religión que predomine en su sociedad. También tiene más carga política. El poder crea sujetos sin derechos, y el despotismo de los poderosos alimenta el servilismo de los ciudadanos y su sumisión mental: ese es el problema (eso podría ser la formulación intelectual de una expresión de uso corriente, al menos hasta ahora, en Egipto: ma aaleish; algo así como ‘no importa’ o ‘da lo mismo’). Y habla de fortaleza, confianza en sí mismos e independencia de espíritu. Las autocracias y los sentimientos no generan naciones fuertes, dice; así que la ley debe basarse en el acuerdo, y la unidad, en los intereses comunes. Pero para él, Europa no es el único modelo. Egipto tiene un pasado milenario y glorioso; esos elementos culturales y el territorio es lo que da cohesión, sin necesidad de apelar a la religión. La educación proporcionará libertad; y en concreto, la educación y la liberación de la mujer darán bienestar a la nación. Incluso si lo dijera hoy parecería revolucionario.

Ali Abd ar-Ráziq (1888-1966), de formación y carrera clásicas, era juez islámico y ulema de al-Azhar, si bien es cierto que creció en un ambiente liberal y racionalista. De hecho, estudió en Oxford, y estuvo relacionado con Abduh y con  Lutfi as-Sáyyid. En 1925, escribe un libro titulado El islam y los fundamentos del poder (trad. J. A. Pacheco. Universidad de Granada, 2007) en el que afirma que el califa no es un jefe político, por lo que si la comunidad hallara una forma de gobierno que le sea más conveniente que el califato, habría que adoptarla para defender mejor la ley de Dios. Su tesis es que el islam no obliga a tener un sistema político ni de gobierno determinados, sino que, por el contrario, da libertad para que una sociedad organice su Estado según las condiciones y las demandas sociales y económicas con las que  se encuentre en cada momento. Dicho en términos actuales, está defendiendo el laicismo de las sociedades islámicas. No hay herejía en la libertad ni contaminación colonialista en la democracia; pueden decidir cómo quieren gobernarse. El Consejo Supremo de Ulemas de al-Azhar intervino de oficio y lo inhabilitaron como ulema y como juez. Lo acusaron de radical; muy al contrario, seguía, y de manera ortodoxa, la tradición islámica de opinión y argumentación, pero las ejerció con cuatro elementos en contra. Sus iguales, los ulemas (ignorantes y miedosos); su sociedad (mucho tiempo en la pobreza y el subdesarrollo); los otros políticos liberales (ven que pueden hacerse con el espacio político que deje); y Europa, donde quien conoce el libro, lo desprecia (por intentar mantener privilegios ya insalvables se pierden oportunidades futuras; los últimos treinta años son un ejemplo).

Abd ar-Raziq es, quizá, el último intelectual que escribe con libertad (y lo pagó caro : paso el resto de su vida de chupatintas en ministerios, condenado al ostracismo). Luego llegaron nacionalistas como Saad Zaglul, sectarios pseudoreformistas como Rachid Ridà y Hassan el-Bannà, y una revolución, la de los Oficiales Libres, demasiado populista y preocupada por ese quitate tú pa’ponerme yo que tanto les gusta a muchos militares como para atender a esos tres factores que tanto habían repetido quienes reflexionaron en cómo construir un Egipto moderno: la educación, la mujer y (cierto) laicismo.

domingo, 20 de febrero de 2011

Egipcios -2-


Mohammad Abduh (1849-1905) debió de ser un tipo excepcional, en sentido literal. Estudió en Dar al-Ulum y llegó a ser Gran Muftí de Egipto y a formar parte del Consejo Recto de al-Azhar (que adaptado al tiempo, al espacio y a las claves occidentales viene a ser como abogado por Harvard y jurista en el Tribunal Supremo y en la Corte Internacional de La Haya). Desde muy joven escribe sobre asuntos religiosos, pero con la inquietud de relacionar religión y sociedad, de modernizar Egipto y de dar a la comunidad araboislámica una unidad que ayude a salir del letargo y del anquilosamiento. Por ahí le pilla la revuelta de Orabi y lo mandan al exilio. Aprovecha esa temporada para ir dándole vueltas al asunto del libre albedrío, el origen del Corán y otras zarandajas teológicas y filosóficas (en términos islámicos, el kalam) y andar por París. Ya se había leído a Tahtawi y algo le ha quedado de todo eso de que la ley está por encima del gobernante, que la libertad está anclada en el corazón del hombre y que las ciencias son útiles. Es partidario de Avicena, Averroes y Aristóteles; es lo que tenía la formación en ciencias islámicas, que partía de que para refutar una idea hay que estudiarlas todas a fondo, y en ese proceso, alguna te convencía.

La preocupación de Abduh es la reforma religiosa y moral, sin perder de vista el movimiento de liberación de Egipto. En ese afán, colabora con los ingleses, porque ve que ofrecen progreso (libros, ciencia, conocimiento, técnica), y no todos sus compañeros de viaje le perdonan ese punto de vista. Que nadie se confunda, su idea fundamental es que el islam no pierda su esencia pero para eso hay que recuperarla como religión de la razón, es decir, ir a los ancestros (salaf, en árabe, y de ahí el término salafiyya para designar un movimiento renovador, al principio, y arcaizante, después y hasta hoy; por eso al mismo tiempo que inspirador de renovadores, Abduh lo será de los fundadores de los Hermanos Musulmanes; y también de las corrientes nacionalistas). En el islam que debate (antes de que se bloqueara ese procedimiento en el siglo IX) localiza preceptos inamovibles (los dogmas) y otros que tienen que ver con la vida social y el culto, en los que la normal original no es muy concreta, precisamente para poder ir adaptándola a los tiempos, mediante la razón, claro.


Así que no hay más remedio, dice, que modificar el sistema legal y la educación. Aprovechando su posición, intenta ambas cosas. La lista de las costumbres y comportamientos que le parece que son aceptables en el islam pondría los pelos de punta a muchos musulmanes actuales. Además, se le ocurre que el ser humano distingue de forma natural, sin revelación divina, el bien del mal y que es un crimen dejar a las mujeres en estado de ignorancia También intenta reformar el currículum de al-Azhar e incluir historia, geografía, literatura y lenguas, pero lo cierto es que fracasa. (No obstante, en el intento convenció a un joven Taha Husain —autor de un delicioso libros de memorias noveladas, Los días, reeditado no hace mucho y que, por cierto, merecería un traducción renovada y menos creativa—).

Cree que el islam, y las sociedades que se rigen por él, se han corrompido (¡y no había visto nada!) por la ignorancia de los gobernantes y los ulemas, que se dejan influir por doctrinas esotéricas (se refiere al chiísmo) o pierden su libertad de pensamiento cuando alcanzan el poder. Definitivamente, no le gusta el Imperio otomano. Él es egipcio, es decir, árabe y el panarabismo será la salvación (por si alguien creía que se le ocurrió a Nasser). Y aspira a un Egipto sin el subdesarrollo material e intelectual que hace que las reformas deba pensarlas y aplicarlas alguien con autoridad y mediante el autoritarismo; y poco a poco, para no crear fracturas sociales y hacer posible el gobierno mediante consejos locales y un gran consejo de representantes, con la participación de una opinión pública libre.  Mohammad Abduh hubiera sido el primero en ir a la plaza Tahrir a provocar una revolución. ¿O ha estado allí todo el tiempo?


PS: Egipcios -1- implicaba bastantes más egipcios, pero al ritmo que van las cosas no hay manera de seguir un catálogo tranquilo a medida que van saltando chispas; así que vamos a por lo fundamental y luego ya veremos.Aunque ahora ya quede lejos, porque ya nadie se acuerda de Túnez, Un personaje notable es Jayr ad-din Basha, al-Tunisí (1822-1889), reformador en Túnez, que cambia los planes de estudio en la Zeituna, y eso facilita la línea Burguiba y todo lo demás.

lunes, 7 de febrero de 2011

Egipcios -1-


Rifaa Rafii at-Tahtawi (1801-1873) era un imán educado en al-Azhar y destinado a enseñar en al-Azhar, pero se cruzó en su camino la decisión de Muhammad Ali de mandar unas misiones educativas a París. Ali se daba cuenta de que Egipto se quedaba atrás y necesitaban jóvenes formados. Pero mandar unos jóvenes egipcios a París era una empresa arriesgada, al menos sin un líder espiritual, alguien que velara por que no se descarriarán. Ahmad al-Attar, un magebrí  que había estado en contacto con franceses, dirigía al-Azhar y cuando le preguntaron por alguien que pudiera ir con la primera misión de estudiantes, recomendó a at-Tahtawi.

El imán llega a París en 1826. Se queda cinco años, en los que estudia una especie de bachillerato, lee todo lo que pudo, y, sobre todo, observa. Al volver convence a Muhammad Ali de que cree una escuela de traductores. Él mismo se dedicará a la traducción sin descanso, convencido que que Egipto necesita todo el conocimiento europeo. Una de las cosas que ha aprendido es que en Egipto habían gobernado grandes faraones y que su país tenía una historia larga y rica que en el resto del mundo estudiaban, pero que nadie en Egipto conoce. Entra como traductor en las escuelas de Artillería Medicina (en esta acaba impartiendo clases de anatomía). No tiene límites, quiere saber de todo y escribir, para que los egipcios puedan aprender. Tras cuatro años semiproscrito en Sudán, vuelve, ya con Ismaíl  como jedive del Imperio otomano,  lo nombran asesor del Gobierno en materia de educación, En ese periodo hace que la imprenta estatal publique los clásicos árabes (como Ibn Jaldún).

Dice at-Tahtawi que el islam es compatible con la sociedad contemporánea. Cree que el sistema de gobierno ideal es una autocracia limitada por la sharíaa, la cual debe adaptarse a los tiempos, y entiende que debe haber separación de poderes, si bien piensa en algo más parecido a los estamentos medievales que a Montesquieu; los ulemas deben ser un contrapoder del rey y deben conocer los saberes modernos para poder adaptar las leyes. El asunto socava los cimientos del sistema porque implica reformar las instituciones educativas islámicas, empezando por al-Azhar, de donde él ha salido y que es (entonces y después) paradigma del inmovilismo. Propone una sociedad inspirada en los científicos (había trabajado unos años en los sistemas de irrigación del Nilo). Defiende la libertad individual de acción y de empresa y una justicia basada en la equidad y en la aplicación de leyes justas.

Impresionado por la sociedad europea, es partidario de una idea decimonónica del progreso (producción y acumulación de riquezas) motivado por el patriotismo, que es la base de las virtudes políticas; ese progreso requiere que los ciudadanos crean en las virtudes sociales y las practiquen; y a eso solo se llega por la educación, en la que hay que incorporar los nuevos conocimientos. El problema de las sociedades islámicas es que han perdido tales virtudes por culpa de gobernantes corruptos. Propugna una enseñanza primaria universal porque, afirma, una persona que sabe leer y escribir puede estudiar, aprender las innovaciones que atañan a su oficio y mejorar en él, no importa lo simple y humilde que sea. Además, el pueblo debe participar activamente en el proceso de gobierno, pero para eso debe estar educado. También cree que las mujeres deben educarse, porque una mujer está capacitada para trabajar, pero para eso necesita estudiar, y porque así educará mejor a sus hijos.

Anteayer, el portavoz de al-Azhar, dimitió de su cargo. Quería ir a la plaza at-Tahrir a manifestarse contra el régimen y por la libertad del pueblo egipcio, pero era su postura personal y no la de la institución, si bien quiso insistir en que el islam prohíbe toda forma de injusticia. Se llama Muhammad Rifaa at-Tahtawi y es descendiente de aquel imán que fue a París.

PS: El libro donde relata su experiencia en París es Tajlis al-Ibriz fi Taljis Bariz (versión en inglés: An imam in Paris) y aunque su prosa puede resultar un poco pesada para el gusto occidental, resulta casi tierno ver a ese hombre admirado porque todas las calles tengan alcantarillas o por los muebles y paredes pulcros y cuidados de las casas). 
Las transliteraciones de los nombres y otros términos árabes de esta entrada son una simplificación que busca la similitud fonética con el original al ser leídas con el valor fonético de las letras en español.

domingo, 10 de octubre de 2010

El ataque de los letraheridos vivientes


Hay millones de personas que saben empuñar un pincel y abrir un bote de pintura; Algunos incluso acaban de pintar el techo del cuarto de baño o las puertas de los balcones, trabajos ambos que requieren cierto dominio de los utensilios y las técnicas a fin de no ponerlo todo perdido y de que no haya más pintura en la pared aledaña que en la puerta en cuestión. Unas pocas personas que saben hacer eso pintan cuadros; y de estas, son prácticamente insignificantes (estadísticamente hablando) las que creen merecer que su obra se muestre al público en un museo o en una sala de exposiciones.

Sin embargo, hay que ver qué montón de individuos cree que el hecho de hablar los capacita para escribir un libro. No digo, ni siquiera, hablar bien; solo el mero hecho de usar (insisto en que no siempre bien) palabras para comunicarse da a muchas personas la certeza de que su novela va a ser la caña, en cuanto consigan meter unos cuantos conflictos (mejor que ocurran en el pasado remoto) un cierto misterio (la dosis adecuada de negrura, a ser posible con unas gotas de esoterismo y un chorrito de conspiración), un poco de sexo (con más o menos amor según la ideología o las fantasías secretas del autor) y, ya en el peor de los casos, unas cuantas páginas de erudición wikipédica.

Cada vez hay más servicios (negocios) que les ofrecen a esa personas la posibilidad de publicar su novela, por un precio (módico o no). A veces les sugieren que contraten un corrector para pulir un poco el libro, pero nadie les cuenta que un original (y, a menudo también una traducción) debe pasar por las manos de un editor (un editor de mesa, no el dueño de la editorial). Tampoco les dicen cuántas correcciones debería pasar un libro para salir bien ni qué tiene que hacer cada uno de los correctores que trabaje el texto. Lo malo es que, muchas veces, no les dicen todo eso por pura ignorancia de los procesos y los pasos necesarios para tener cierta garantía (que no garantía cierta) de la calidad de un libro, sea una novela, ensayo filosófico, tratado médico, guía de viaje o libro escolar, y sea en papel o digital. Porque la cuestión es que corre el bulo de que ahora, con “eso del libro electrónico” y con Internet, los libros de hacen en un pispás, que puede hacerlos cualquiera y que por fin nos hemos librado del despotismo de las editoriales. «Tú escribes lo tuyo y lo publicas, sin intermediarios que te cambien ni una coma», como si eso fuera lo mejor que le pueda pasar a un libro, y, por ende, a un autor y a los lectores.

Las editoriales se quejan de que no se reconozca su función, claman que tendrán que hacer frente a la piratería y que cualquier se autoedita (quieren decir publica) su propio libro, pero son las principales responsables de la situación. Muchas (las grandes) han reducido el director editorial (responsable de la calidad de los libros) a un jefe de compras (responsable de que los libros se vendan mucho) y han ido eliminando el trabajo del editor de mesa y las correcciones: directamente o empresa de servicios editoriales mediante, presupuestan poco tiempo y menos dinero; lo de menos es el  producto (libro) final. Tampoco tendrán que escuchar ni siquiera oír (aunque mucha gente no lo crea, son dos verbos con significados diferentes, porque designan actitudes y procesos neurológicos distintos) quejas ni reclamaciones; cuentan con la imprescindible colaboración de los lectores.

Ya hace tiempo que no le quito la etiqueta con el precio a un libro hasta que no llevo el 10% (aproximadamente) leído. Si hasta ahí no me encuentro taras (anacoluto, anantapódoton, incongruencias de contenido, transcripciones de lenguas extranjeras poco cuidadas o inconsistentes, falsos amigos en caso de que sea una traducción, y otros rotos y descosidos) ya lo hago mío. Pero si en las páginas iniciales me topo con desconchones (no doy importancia a las erratas esporádicas), lo devuelvo y me quejo por haberme vendido un producto en mal estado. La cuestión es ser capaz de detectar que está en mal estado o que es gato y no liebre. A mí, por ejemplo, me dan olivas negras pequeñas acompañadas de una publicidad que diga que es caviar y pueden ahorrarse el esturión. Eso sí, no me cuelan un solecismo como prosa refulgente ni un cuento chino como novela de sutil arquitectura narrativa, y eso que yo a duras penas soy capaz de pintar una pared con rodillo.
  
PS: Cerca andan, si no son casos análogos, los llamados libros de autoayuda, que disfrazados de filosofía no pasan de ser recopilaciones de perogrulladas de sentido común, en el mejor de los casos, o agua del grifo vendida como crecepelo instantáneo, en los casos de filósofos o psicólogos de pacotilla con más cara que espalda y una buena tajada en derechos de autor apadrinados por editoriales que gastan mucho más en marketing que en informes de lectura, editores y correctores.

sábado, 24 de abril de 2010

De ciencia o de letras

Leo en un suplemento cultural la reseña de José Manuel Sánchez Ron (de hecho, sus reseñas son de las pocas que leo porque no me parecen publicidad) sobre el libro Física para futuros presidentes. El crítico parte de que no es posible tomar decisiones en el mundo actual sin saber física. Cierto, hay que saber de energía nuclear, circulación general atmosférica, rayos y ondas de todo tipo, dinámica de fluidos y unas cuantas cosas más para adoptar medidas no solo de gestión sino, también de gobierno.

No es lo mismo gestionar que gobernar, aunque la mayoría de los gobernantes (de los políticos) actuales se conformen con la primera tarea. Piensan que con rodearse de buenos técnicos (el primo de Rajoy que sabía de cambio climático) y dejándose asesorar ya están salvados y pueden tomar decisiones. Siempre me ha inquietado que un montón de personas (presidentes de países) firmen acuerdos sobre cómo detener un virus sin saber qué es un virus o sobre protección medioambiental sin entender cómo funciona una red trófica. Así que me parece buena idea que los gobernantes lean un libro (divulgativo y de cuatrocientas páginas) sobre física; me gustaría que también leyeran uno de ecología (no de ecologismo), uno de matemáticas, uno de química, uno de farmacología, uno de geología, algo de microbiología y de genética…

Leo también que las multinacionales de la alimentación intentan presionar a los médicos para que recomienden sus alimentos funcionales (los que además de alimentar se supone que proporcionan salud, como si no fuera eso lo que tiene que hacer todo alimento) en competencia con eso buitres que se ven en los ambulatorios, dispuestos a obsequiar a nuestros médicos con viajes y estancias en hoteles de lujo (en forma de congresos) a cambio de que nos prescriban sus fármacos, sin que nosotros recibamos (ni exijamos) explicaciones (no doctrina) sobre la necesidad de tomarlos.

Así que ya puestos, sería conveniente que los ciudadanos también leyeran sobre ciencia. He visto pocas actitudes más paletas que eso de decir «es que yo soy de letras» para desentenderse de todo conocimiento científico y desinteresarse de… todo; porque cómo funciona la vida y el mundo (con todos los artilugios y fenómenos que usamos) lo explica la ciencia (quizá la literatura enseñe a vivir, pero no explica la vida). Y sin embargo, muchas personas no tienen ningún interés en entender esos menajes publicitarios sobre alimentos que obran maravillas en su cuerpo, detergentes que hacen cosas sobrenaturales y cremas que contienen sustancias y moléculas prodigiosas; ni cómo puede ser que un volcán bloquee (o no) un continente, por qué hay países que parecen condenados a que el destino los machaque a terremotos, a qué se debe esa manía de ir a pescar a Somalia (y porqué la alteración del fondo del mar que provocan las redes de arrastre lleva a la desaparición de los peces) y que no es posible dedicar la selva a cultivos después de talar los árboles.

La fama de cenutrios siempre la ha tenido la gente de ciencias, pero lo cierto es que casi todas las personas que yo conozco de ciencias tiene una cultura notable (leen, van a exposiciones y a conciertos, ven películas, saben algo de historia, viajan…) y, desde luego, no presumen de no saber nada de letras. Será porque entender cómo se duplica el ADN y que dependemos de que estén bien situadas esas míseras cuatros bases nitrogenadas da un baño de realidad y humildad que aleja de las grandilocuencias (algún científico pedante también conozco). Sí, es muy conveniente que los gobernantes aprendan algo de ciencia; y más aún que se apliquen los gobernados, para no ser manipulados por magos y alquimistas de esos que atesoran conocimientos vetados a los mortales. Por eso y porque hay que ser muy inculto para no considerar que la ciencia es cultura. Es difícil dejar de ser un patán sin conocer el segundo principio de la termodinámica, aunque te hayas leído todo Proust, todo Schopenhauer y entiendas a Joyce.

domingo, 14 de marzo de 2010

Santas sin peana, heroínas sin estatua

El primer día que entré en la universidad, además de estar impresionada por un edificio antiguo de techos altísimos y pasillos en los que resonaban los pasos, me sentía cohibida y, al mismo tiempo, emocionada. Cierto que yo llegaba desde una pequeña ciudad en la que la universidad era casi un lugar mítico al que iban unos pocos privilegiados (con más inteligencia y con más dinero que los demás); cierto también que, con apenas diecisiete años, yo veía en ese lugar una promesa de horizontes abiertos casi infinitos; y todo eso, a pesar de que mis dos hermanos ya habían cursado sendas carreras (y uno de ellos daba clase en la facultad a la que yo acudía), que ante mis ojos había un montón de gente normal, que a los profesores (a muchos) ya se los trataba de tú y que por los pasillos circulaban tantas mujeres como hombres. Y aun así, yo estaba sobrecogida y emocionada.
Así que no puedo imaginarme cómo se sintieron Concepción Arenal, María Elena Maseras y Dolores Aleu, cuya historia cuenta el rector de la Carlos III en El País. La primera tiene alguna calle, pero las otras dos son muy poco conocidas, y la universidad de Barcelona, que tuvo el honor de tenerlas como alumnas (más o menos clandestinas), no les ha dedicado ni un aula (que yo sepa). Su vida no se estudia en ninguna parte ni sus historias se cuentan en televisión (se dedican a vidas interesantes e historias edificantes de señoras cuyo mérito es haberse casado con un señor famoso, ¡qué derroche de modernidad!). Esas fueron las pioneras, auténticas heroínas sociales (ser héroe en una guerra es mucho más fácil porque todo lo propicia). Pero las siguieron muchas otras, a partir de ese 8 de marzo de 1910 en el que el ministro de Instrucción Pública, el conde de Romanones (que nadie se confunda, era de todo menos bueno: montó la guerra de Marruecos para hacerse rico con la explotación de minerales e hizo pasar el ferrocarril en Guadalajara por tierras de su familia para sacarse un pasta con la expropiación, y ya sé que ambos hechos parecen sacados de noticias recientes) firmó la orden que autorizaba a las mujeres a matricularse en todas las instituciones docentes.
Al-Tahtawi fue un imán egipcio que Muhammad Alí mandó en 1826 con estudiantes a París para que actuara de asesor espiritual. Lejos de reducir su trabajo a esa función, se fijó en todo y llegó a unas cuantas conclusiones, que reflejó en un libro (no traducido al español) y en un intenso trabajo de propuestas pedagógicas que desarrolló ya a su vuelta a Egipto. Una de sus ideas fundamentales era que había que educar a las mujeres. No es que fuera un feminista desaforado y reivindicara derechos, sino que, decía, la mujer que estudia no pierde el tiempo en chorradas (andar cotilleando con las vecinas) y que, por otra parte, las mujeres eran (¿son?) quienes más influencia tenían en los hijos, de manera que su educación era una inversión de futuro imprescindible para un país. Y el mundo le da la razón: los países avanzan cuando sus mujeres se educan, adquieren cultura y derechos, y participan de la vida económica y social; por no hablar de situaciones realmente difíciles, en las que son las mujeres las que dan el callo para salir de la ruina (comprobado que tiene más coraje para iniciar proyectos y cumplen mejor la devolución de los créditos). Es importante entender que de que las mujeres estudien y tengan todo tipo de derechos se beneficia toda la sociedad (y no necesariamente ellas que, en primar instancia, asumen los derechos y no pierden ninguna de las obligaciones anteriores).
No conozco los nombres de las primeras (y la segundas y las terceras) mujeres que se matricularon en las universidades españolas ya con pleno derecho; derecho, sí, pero costumbre no, así que me imagino que la mayoría de ellas tuvo que pasar por discusiones y presiones familiares, por gestos sociales de desprecio, cuando no por el insulto. Desde muy pequeña, oí a mi madre decir que yo tenía que estudiar, para no depender de nadie, porque un hombre sin estudios podía ganarse bien la vida, pero una mujer, no (entonces todavía no había mujeres en profesiones cualificadas). Así que yo, que tan fácil lo tuve todo, siento un enorme agradecimiento por aquellas mujeres que se matricularon en la universidad hace cien años. Sus nombres merecerían ser materia de estudio, o, por lo menos, estar inscritos en una placa en cada una de las universidades españolas.

sábado, 20 de febrero de 2010

¡Mandan hormonas!

La invocación a la libertad y la voluntad es un mecanismo de autoafirmación y autocomplacencia tan frecuente y universal como, probablemente, necesario para sentirse algo más que moléculas orgánicas tocadas por la vara, casi siempre azarosa —y un poco necesitada— de la evolución, la cual en el caso de la especie humana, ha adornado ese cúmulo químico con un cerebro de notables prestaciones, incluso, en algunos individuos, prodigioso. Pero al final somos moléculas, sobre todo al final; y lo que es más simple, estamos gobernados por las hormonas.
Entre las noticias que producen cierta estupefacción (no cabreo, indignación, dolor o rabia), están las relacionadas con Jacob Zuma y con Tiger Woods. El primero, presidente de Sudáfrica, se ha casado por quinta vez, convive con tres de sus mujeres y tiene alrededor de 20 hijos (los mismos que tuvo Bach, por cierto). El señor presidente afirma que hay mucha gente que tiene amantes y un montón de hijos a los que no reconocen, y que él ama a sus esposas y está orgullosos de sus hijos; parece ser que las esposas y los hijos no tienen queja. Está orgulloso es de sus tradiciones y su cultura, y como no cree estar haciendo mal, no se esconde. Claro que hay sudafricanos que lo critican, al presidente y a la cultura que representa (salvaje, primitivo, anticuado, machista, etc., dicen); son blancos o cristianos, y antes de señalar con el dedo deberían hacer examen de conciencia, acto de contrición y, sobre todo, propósito de enmienda, para dejar de joder al mundo, más que nada.
El tal Tiger Woods es un golfista (evitaremos los juegos de palabras fáciles) de élite, lo que significa que gana más pasta de la que va a poder gastarse en toda su vida. El tipo anda con un montón de mujeres además de la legítima; de hijos no se sabe cuántos tiene,porque además ya se sabe que una carrera inmune a la crisis es parir un hijo de un ricacho. Eso le ha supuesto un escándalo tratado en todos los medios de comunicación (tanto en la sección de deportes como en la de cotilleos), tener que apartarse del deporte, que los patrocinadores lo borrarán de sus nóminas y anuncios, un tratamiento médico y una auto de fe público que ríete tú de la Santa Inquisición. Y todo por hacer lo mismo que Jacob Zuma pero mintiéndole a todo el mundo. Se han quejado la mujer, los hijos, la suegra, las amantes, un par de putas que frecuentaba en bares, los deportistas, los clubes de fans y muchos que no tienen nada que ver con ese señor pero que tienen opinión sobre dónde deben estar los calzoncillos y las bragas de todo el mundo, aunque no se paran diez segundaos a pensar donde deberían estar el dinero, los soldados, los buitres financieros, las constructoras especuladoras, los políticos corruptos y los curas pederastas.
La biología manda que el macho fecunde tantas hembras como pueda. La hembra, una vez fecundada, durante nueve meses no puede generar nuevos individuos, pero el macho sí. Se trata de la pervivencia de la especie y nuestro funcionamiento hormonal es el producto de la evolución, precisamente porque ha resultado más favorable para tal pervivencia. La comprensión de esta conjunción de hormonas y evolución ayuda a entender un poco cómo funcionan los individuos machos de la especie humana. Otra cosa es que luego lleguen a pactos y acuerdos con una hembra, con la familia y con la sociedad para modificar el comportamiento innato y pasar toda la vida, o el mayor tiempo posible, con la misma hembra o, en cualquier caso, que sus relaciones sean monógamas; pero son convenciones (quizá adecuadas y convenientes) que van contra la biología, de hecho, las vamos cambiando a lo largo de la historia.
Así que Jacob Zuma y Tiger Woods siguen el dictado de las hormonas en vez de las convenciones sociales. Solo que uno es honrado y el otro no; uno no engaña a nadie y el otro teje una vida de mentiras y sordidez; uno va repartiendo alegría y, quizá felicidad, y el otro provoca sufrimiento, vergüenza y codicia. Y ambos dan tema de conversación en periódicos y tertulias, no por la actividad que les da relevancia social, ni siquiera por su postura ética, sino por su actividad sexual: por sus hormonas. Que en las sociedades primitivas los hombres sean polígamos puede que sea un signo de inteligencia, y de humildad: la libertad y la voluntad se inclinan ante las hormonas. Yo conozco algunos hombres con los que no soy compatible en régimen de exclusividad, pero que no me importaría tener a tiempo parcial (y a sus mujeres por amigas); creo que a ellos también les parece una lástima no ser zulúes.

sábado, 5 de diciembre de 2009

Lo que se (des)aprende leyendo

Pablo Giomi ha ganado la fase española del Concurso Hispanoamericano de Ortografía, que no es poco. Ha ganado a otros muchachos de diecisiete y dieciocho años, pero habría derrotado a muchos adultos cuya profesión exige que escriban mucho: escritores, redactores, publicistas, periodistas, maestros, etc. Y no, el muchacho no quiere ser escritor. Pablo quiere estudiar Ingeniería Química y se le pasa por la cabeza dedicarse en algún momento a la política, ya que le preocupa la situación de su país, Argentina, y su actual derrota (en el sentido marinero) peronista. Para hacer más rico y complejo ese entramado de ciencias y letras, y completar su singularidad, práctica la esgrima, deporte al que se dedican personas (estadísticamente) raras.

Así que Pablo es uno de esos jóvenes —que cuando sean adultos dirigirán el mundo donde viviremos los que ya seremos ancianos— que no sale en los periódicos por conducir sin carnet ni por grabar palizas con el móvil ni por hacer botellón salvaje, que no gritan ni insultan a sus padres ni se pasan el día en el messenger hablando de banalidades… No, todos los jóvenes no son iguales; una obviedad, ya que no todos los adultos somos iguales, y no parece probable que nos diferenciemos de repente a partir de los veinte años.

Parece que lo que ha determinado la destreza de Pablo con el vocabulario es la lectura. Lee desde muy pequeño y confiesa que aunque quedaría mejor decir que el primer libro que lo entusiasmó fue El Quijote, fue Harry Potter. Siempre se ha dicho que a escribir (y a hablar) se aprende leyendo, pero tal como salen los textos publicados hoy en día la cosa se pone difícil. Si en los best-seller, esos libros que leen millones de lectores, hay faltas de ortografía, si los periodistas no distinguen entre deber y deber de y si los profesores confunde escuchar con oír, es difícil que los chavales aprendan ortografía, sintaxis y cualquier disciplina relacionada con la lengua.

Las editoriales y los medios de comunicación son empresas, sí, pero, ¿desde cuándo ganar dinero exige tratar mal la materia prima que proporciona las ganancias? La prensa escrita empieza a pensar en cobrar por sus contenidos en Internet. Hay artículos y periodistas que no quiero leerlos ni que me paguen a mí; primero que invierten en aprender a escribir. Y los editores ya andan pidiendo que se castigue a quien, en el futuro, se descargue los libros; esos que nos venden a veinticinco euros a pesar de que están llenos de taras en forma de anacolutos y solecismos.

jueves, 22 de octubre de 2009

Tinta electrónica -1-

Cuando un lector (una persona) va a comprar un libro no tiene que precisar si quiere que se lo hayan corregido siguiendo el diccionario de dudas de tal o cual autor ni si prefiere los pronombres demostrativos con tilde o sin ella. Tampoco hay que decidir, ni saber, el gramaje adecuado del papel. Nadie te pregunta si prefieres una tipografía de palo seco o con serifas. Para el lector (la persona) no tiene importancia si se ha trabajado con CTP o con fotolitos. Ni siquiera el autor tiene que saber qué son las sangres o si se va a maquetar en Quark o en Indesign, si pasará una de estilo en pantalla y dos ortotipos en papel o con una habrá suficiente (no es suficiente pero se ahorran unos míseros euros que se gastarán en markéting).

Pero hay que ser renacentista de la técnica. El autor, el lector (persona), el crítico literario, el profesor de literatura y hasta el padre, de profesión alfarero o comercial de cremalleras, deben conocer los entresijos del lector (aparato) o e-reader, o e-book, o.... Que si el kindle-sorpresa, el de Sony o el nook de Barnes & Noble; que digo yo que ni Barnes ni Noble saben cómo se hace una tortilla de patata ni quién es Paquirrín, así que no veo porque mi primo tiene que saber que Barnes & Noble es una librería cool de lo más.Y no pongo las cursivas de este párrafo porque sería un no parar.

Es decir, que hay que saber de lo tuyo y de lo demás, porque si no, eres un analfabeto tecnológico, que es una forma de clasismo como otra cualquiera. No hay persona (ni humana ni extraterrestre) que pueda saber de todo ni estar al día de lo último en iríders, o ibuks (voy a empezar yo, que la RAE seguro que espera a que no haya remedio), por no hablar de la tedeté, el Windows7, la pedeá, el áipod y el güifi.

Sí, el mundo ha cambiado y hay que adaptarse, pero todas las evoluciones, hasta ahora, incluso la biológica, o precisamente empezando por ella, funcionan porque cuanto mayores son las prestaciones (permítaseme) más exclusiva y minoritaria es la especialización (ahora podría hablar del nicho ecológico, de especies generalistas y de otros asuntos, pero no creo que nadie tenga que ser un entendido en la materia). Se supone que la tecnología tiene que hacernos la vida más fácil. Si vamos a volvernos locos estudiando todos los días avances de anteayer que mañana ya estarán superados, si no vamos a ser capaces de analizar ni decidir porque la terminología y la avalancha de información nos supera, entonces hemos hecho muy mal negocio. Y si todo eso sirve, fundamentalmente, para obnubilarnos, acomplejarnos y vendernos la moto, entonces para este viaje no hacían falta alforjas, que el despotismo iustrado es del XVIII. Dicho de otra manera, ser renancentista en el Renacimiento tenía mérito, pero era posible; a finales de 2009 querría ver yo a Leonardo.

Yo salí el otro día a comprarme un televisor y volví a casa sin aparato y mosqueada con incultos (había que oírlos hablar) vendedores prepotentes. Lo del libro electrónico me parece un gran hallazgo y me hace ilusión, pero temo ese momento en que un vendedor me hable de bits, conexiones, pantallas y megas cuando yo le pregunte si puedo comprar en versión electrónica la excelente Memoria de una ciudad, de Abderrahmán Munif, o cualquier libro de Miguel Sánchez-Ostiz.

Porque, mal que le pese a quien sea, el lector soy yo, no el aparato, y lo que quiero, sobre todo, son buenos libros, y que quien lo tenga por oficio se ocupe de que esté bien escrito, bien editado, bien corregido, bien diseñado, bien maquetado, bien imprimido o bien digitalizado, bien distribuido, bien vendido,... De leerlo bien y con gusto me encargo yo, que además tengo un trabajo y una vida de los que ocuparme.

martes, 29 de septiembre de 2009

Uno de los nuestros

En un país europeo la policía han detenido a un señor acusado de drogar y violar a una menor de trece años, y perseguido por escapar de la justicia de Estados Unidos que pretendía castigar ese delito dese 1978. ¡Bravo! diríamos, un pedofilo a la trena. Ah, no, espera, que es Roman Polanski, artista.

Lo escribe mucho mejor Enric González en su columna. Yo solo quiero tener aquí escritos los nombres de personajes, artistas, intelectuales, ellos, que creen que la pedofilia es menos graves según quien ataca al menor, ya que hasta ahora se han relacionado con Polanski sin estremecerse ni un poco. Y ahora, que lo trincan, se ponen estupendos y dicen eso de ¡no hay derecho! en un arranque de corporativismo vergonzante. Y algunos añaden (el ministro de Cultura de Francia) que no tiene sentido detenerlo porque es una historia antigua; ni me quiero imaginar que opina este señor de la memoria histórica. Claro que su compañero de gabinete encargado de Exteriores dice que el asunto no le resulta simpático porque se trata de un personaje famoso de talento reconocido. Si yo fuera francesa, me preocuparía: el señor ministro piensa que si tienes problemas pero no te conocce nadie, que te den.

Aquí van algunos nombres de los tipejos que creen que es indignante que se detenga a un pedofilo : Debra Winger, Bernard-Henri Lévy, Milan Kundera, Pedro Almodóvar, Constantin Costa-Gavras, Bertrand Tavernier, Ettore Scola, Giuseppe Tornatore, Alejandro González Iñárritu, Julian Schnabel y Wim Wenders, Bernard Kouchner, Frédéric Mitterrand, entre otros.

Ninguno dice que no haya que perseguir y castigar a quien abuse de un menor, así que hay que colegir que lo que proponen es que para los famosos (porque gente con talento pero a la que nadie conoce hay mucha) o ricos no rigen ni leyes ni normas sociales.  Debe de ser la versión moderna del derecho de pernada.

viernes, 25 de septiembre de 2009

Danzas, rezos e ignorancias

En las fiestas de la Mercè tienen lugar varias actividades relacionadas con Estambul, que me malicio que responden a un plan de marquéting de los actos como ciudad europea de la cultura en 2010, en el que Barcelona participa —en el plan, digo— a cambio de algún favor.

Una de las actividades es la actuación de derviches. No, no son jotas turcas, sino ceremonias de giro. Los giros forman parte —perdón por la simplificación— de técnicas con las que se busca la «disolución del yo», «la unión con el absoluto» la pérdida de la consciencia, en términos más físicos. Los derviches son sufíes, místicos musulmanes, en los que lo que domina es la ascesis, como en los místicos de cualquier religión. En la misma línea está la música qawwali, que ejecutó unos días antes un grupo (siento no recordar el nombre) paquistaní, en el que participan parientes del que fuera el mejor en esa disciplina, Nusrat Fateh Ali Khan.

Además de atender a la calidad musical de esas manifestaciones, me parece que es conveniente saber cuál es su origen, su finalidad, qué dicen y en qué piensan esas personas que están sobre el escenario. Por una parte, cierto respeto por las manifestaciones religiosas de los demás es bueno (y lo dice una atea confesa, militante y convencida de que la religión es el opio del pueblo, de muchos pueblos). Pero, además, se trata de evitar el ridículo de espectadores superenrollados bailando con aire de estar en la onda una canción cuya letra va repitiendo que Dios es grande. Vaya, como ponerse a bailar jotas al ritmo de gregoriano.

No es la primera vez; de hecho, es lo que ocurre casi siempre que se contrata algo árabo-musulmán. No se distingue bien entre los dos adjetivos de esa condición, no se entiende la lengua árabe (ni la persa ni la turco ni la amazig ni la urdu-hindi) y no se sabe casi nada del islam. Por supuesto que es el resultado del más inocente desconocimiento. Quizá quien decide que se veo eso y no otra cosa en un escenario debería pensar en explicar qué es lo que presenta; porque quiero pensar que quien toma la decisión (Ayuntamiento de Barcelona, pero podría ser cualquier otro) sabe de qué va el espectáculo, ¿no?

O quizá no. Basta echar un vistazo a la entrada derviche del diccionario de la RAE. Dice: «Entre los mahometanos, especie de monje». Después de la carcajada, me he puesto lívida, amoratada digo, de vergüenza ajena por la ignorancia y el poco rigor de quien haya escrito semejante definición.

La ignorancia es fantástica, porque es el primer paso para aprender. O lo que es lo mismo, ignorantes somos todos. Lo catastrófico es que no te importe serlo.