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lunes, 10 de mayo de 2010

volcanes islandeses

¡Tantos planes! Tenía yo tantos planes. Escribiré esto para el blog, contestaré el correo de fulano, colgaré unas fotos, revisitaré una web,… Y trabajaré, claro. Pues no. Mi ordenador es mi Eyjafjalla particular (ya podríamos inventarnos un nombre sensato para ese volcán islandés). Infección total, agonía lenta, muerte, ligera resurrección (gracias a los buenos oficios de mi psicólogo de cabecera, ¡gracias!, que también ejerce de informático), que tiene la pinta de ser solo ese último aliento antes del desenlace definitivo.

Y trabajo los ratos que puedo y ando de ocupa por los ordenadores de amigos y vecinos, y ni pienso en el blog ni en las fotos ni en las crónicas ni en los correos debidos. ¡Será posible! Lo primero que he intentado rescatar, en un descuido de la bestia y en modo reparación de fallos, es la carpeta con toda la información de facturas recibidas y entregadas, como se acerca lo de la renta, necesitaré lo del año pasado; y si se me pierde la info de este año, ya verás; ¡Ah y lo del IVA! Cosas de autónomos.

Tenía varias temas de los que quería hablar y decir un par de cosas bien dichas, pero cuando un volcán islandés entra en erupción, el mundo se para. Será que somos un poco limitados.

PS: Una cosa sí quiero decir: cuando crees que el mundo se confabula contra ti y que al despertarte empieza la pesadilla, ¡Oh Gregor!, hay gente que te echa una mano y te ayuda a poner las cosas en su sitio en riguroso orden de importancia. Esos son los amigos. Los demás, conocidos y saludados, que diría Pla, prescindibles.

sábado, 24 de abril de 2010

De ciencia o de letras

Leo en un suplemento cultural la reseña de José Manuel Sánchez Ron (de hecho, sus reseñas son de las pocas que leo porque no me parecen publicidad) sobre el libro Física para futuros presidentes. El crítico parte de que no es posible tomar decisiones en el mundo actual sin saber física. Cierto, hay que saber de energía nuclear, circulación general atmosférica, rayos y ondas de todo tipo, dinámica de fluidos y unas cuantas cosas más para adoptar medidas no solo de gestión sino, también de gobierno.

No es lo mismo gestionar que gobernar, aunque la mayoría de los gobernantes (de los políticos) actuales se conformen con la primera tarea. Piensan que con rodearse de buenos técnicos (el primo de Rajoy que sabía de cambio climático) y dejándose asesorar ya están salvados y pueden tomar decisiones. Siempre me ha inquietado que un montón de personas (presidentes de países) firmen acuerdos sobre cómo detener un virus sin saber qué es un virus o sobre protección medioambiental sin entender cómo funciona una red trófica. Así que me parece buena idea que los gobernantes lean un libro (divulgativo y de cuatrocientas páginas) sobre física; me gustaría que también leyeran uno de ecología (no de ecologismo), uno de matemáticas, uno de química, uno de farmacología, uno de geología, algo de microbiología y de genética…

Leo también que las multinacionales de la alimentación intentan presionar a los médicos para que recomienden sus alimentos funcionales (los que además de alimentar se supone que proporcionan salud, como si no fuera eso lo que tiene que hacer todo alimento) en competencia con eso buitres que se ven en los ambulatorios, dispuestos a obsequiar a nuestros médicos con viajes y estancias en hoteles de lujo (en forma de congresos) a cambio de que nos prescriban sus fármacos, sin que nosotros recibamos (ni exijamos) explicaciones (no doctrina) sobre la necesidad de tomarlos.

Así que ya puestos, sería conveniente que los ciudadanos también leyeran sobre ciencia. He visto pocas actitudes más paletas que eso de decir «es que yo soy de letras» para desentenderse de todo conocimiento científico y desinteresarse de… todo; porque cómo funciona la vida y el mundo (con todos los artilugios y fenómenos que usamos) lo explica la ciencia (quizá la literatura enseñe a vivir, pero no explica la vida). Y sin embargo, muchas personas no tienen ningún interés en entender esos menajes publicitarios sobre alimentos que obran maravillas en su cuerpo, detergentes que hacen cosas sobrenaturales y cremas que contienen sustancias y moléculas prodigiosas; ni cómo puede ser que un volcán bloquee (o no) un continente, por qué hay países que parecen condenados a que el destino los machaque a terremotos, a qué se debe esa manía de ir a pescar a Somalia (y porqué la alteración del fondo del mar que provocan las redes de arrastre lleva a la desaparición de los peces) y que no es posible dedicar la selva a cultivos después de talar los árboles.

La fama de cenutrios siempre la ha tenido la gente de ciencias, pero lo cierto es que casi todas las personas que yo conozco de ciencias tiene una cultura notable (leen, van a exposiciones y a conciertos, ven películas, saben algo de historia, viajan…) y, desde luego, no presumen de no saber nada de letras. Será porque entender cómo se duplica el ADN y que dependemos de que estén bien situadas esas míseras cuatros bases nitrogenadas da un baño de realidad y humildad que aleja de las grandilocuencias (algún científico pedante también conozco). Sí, es muy conveniente que los gobernantes aprendan algo de ciencia; y más aún que se apliquen los gobernados, para no ser manipulados por magos y alquimistas de esos que atesoran conocimientos vetados a los mortales. Por eso y porque hay que ser muy inculto para no considerar que la ciencia es cultura. Es difícil dejar de ser un patán sin conocer el segundo principio de la termodinámica, aunque te hayas leído todo Proust, todo Schopenhauer y entiendas a Joyce.

domingo, 7 de marzo de 2010

Oficios insospechados


 






 




Debe de ser la versión moderna del almotacén, aunque
ellos no cuentan su historia desde tan antiguo. ¿Cómo se llegará a ser medidor y pesador oficial? ¿Que hacen? ¿Dónde se estudia? ¿Se dedican a ese oficio por vocación? ¿Siguen una tradición familiar? Creemos que somos capaces de imaginar el mundo entero, pero hay vidas cercanas con preocupaciones cotidianas situadas en una latitud inalcanzable.

lunes, 21 de septiembre de 2009

El principio de Arquímedes

Todo cuerpo sumergido en el agua experimenta un empuje hacia arriba igual al peso del volumen del agua que desaloja. Con algunas variaciones, esa es la formulación del principio de Arquímedes, que traducido al román paladino quiere decir que por mucho que intentes sumergir algo que quieres que desaparezca, si es lo bastante grande, flota y se ve. Los gánsters, que tenían un conocimiento empírico de la física, se inventaron los zapatos de cemento para contrarrestar el principio de Arquímedes.


Yo soy más de Pitágoras que de Arquímedes, más que nada porque Pitágoras tenía una mezcla de ciencias y letras con la que me siento muy identificada y que me ha costado no pocos esfuerzos. No hay Ministerio de Educación que consiga eliminar esa dicotomía social, que no acaba de ser simétrica. (Aquí me queda un tema pendiente: ¿Tienen una formación más holística y una cultura más amplia los de ciencias o los de letras?). Pero a su principio no le veo la metáfora.

Al de Arquímedes, sí le veo la metáfora. Todos los días, a todas horas, siento que actúa sobre mí. Habrá quien lo llame paranoia, pero tengo la sensación de que hay una mano que constantemente nos empuja hacia abajo (como aquel graciosillo de nuestra adolescencia al que en la piscina le parecía muy gracioso dar ahogadillas sin parar a troche y moche). Así que igual estoy hablando de la tercera ley de Newton, o Principio de acción y reacción; Isaac Newton, otro tipo genial. Me gusta la física —otro tema aparcado—, sí, y creo que los físicos son personas con un cerebro extraordinario, en el más literal sentido de la palabra.

No está de moda. No digo la física, sino reaccionar, saltar, morder cuando te dan una patada, contestar airados, estar rabiosos, indignarse, pegar dos gritos y levantar el puño, salir dando un portazo, plantarse y decir hasta aquí hemos llegado, no transigir. Hay que aceptarlo todo con una sonrisa, hablar con calma, entender aunque no se comparta, seguir sonriendo, hacer como que todo nos parece igual de respetable y digno, seguir con la sonrisa por grande que sea la tomadura de pelo, agradecer que te hagan perder el tiempo, ser tolerante, hablar con voz baja y tranquila ¿Te importaría no ofenderme ni humillarme con una oferta de trabajo indigna? ¿Serías tan amable de dar una clase decente que te hayas preparado? Si no te importa, resultaría muy agradable que colgaras el teléfono y me atendieras ya que eres un funcionario y la factura del teléfono va a los presupuestos generales del Estado y tu amiga ya te ha dicho que los zapatos nuevos son ideales ¿Y ni siquiera puedo cabrearme?

Salvo que me pongan unos zapatos de cemento voy a intentar experimentar ese empuje hacia arriba para mantenerme a flote. ¡Qué gran psicólogo hubiera sido Arquímedes!