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lunes, 12 de diciembre de 2011

Dignidad


Maruja Ruiz Martos es una mujer como tantas, de un barrio obrero (sí, ya sé que queda antiguo), que las pasó canutas y por eso se metió en la lucha vecinal; y cuando empezó a irle un poco mejor, siguió en la lucha, porque de lo que se trataba era de que a todos les fuera mejor. Por eso, a pesar del orgullo de verse reconocida, cuando el Ayuntamiento de Barcelona le dio la medalla de honor de Barcelona, Maruja pensó muy bien qué hacer y cómo hacerlo. Y lo hizo: Se plantó en la ceremonia y rechazó la medalla.


La cara y la pose del alcalde Trias es la viva imagen de la torpeza y la desvergüenza, que quedarían un poco disimulada si no tuviera al lado a Maruja. Ella, una vez que hizo saber que no podía aceptar una condecoración de un Gobierno que recorta, precisamente, aquello que ella ha intentado conseguir toda la vida, evitó por segunda vez que le pusieran la medalla y se fue con sus vecinos, elegante, digna, grandiosa.

Maruja no fue  al a escuela, y por eso ha dicho en una entrevista: «Si nuestros hijos no pueden educarse y nuestros enfermos no pueden curarse ¿qué nos queda a los pobres? Cada palabra que pronuncia esta mujer es una lección, y, por lo visto, cada gesto y cada acción, también. Aquí hay diez minutos impagables de emoción y épica a cargo de Maruja la de Nou Barris. 
Si esta entrevista empieza a formar parte de currículum evaluable en las escuelas y universidades, quizá algún día Goldman, Sachs, Moody, Standard, Poors y unas docenas más de gentuza indecente (entre la que hay banqueros, negociantes, políticos y mercenarios sociales) tengan que esconderse y decir en voz muy baja a qué se dedican, como los leprosos morales que son.  

sábado, 12 de noviembre de 2011

Viva Las Vegas



Iba a ser muy difícil que el actual Gobierno de la Generalitat hiciera algo que me gustara, por dos razones básicas; la primera es que son nacionalistas y no me gusta la política basada en sentimientos, argumentada con la idea de nosotros y los otros y administrada por criterios patrióticos; la segunda es que yo soy de izquierdas. Sé que la afirmación queda antigua, pero es lo que soy; y CiU es de derechas, y más cuando gobiernan (cuando son oposición intentan disimular un poco para ganar simpatías): a veces y en algunos aspectos son tan de derechas que llegan a ser xenófobos, machistas y elitistas, y muy moralistas. Los bufones (peligrosos) más aparatosos de esa ideología, en estos momentos, son Duran i Lleida i el conseller Ruiz, pero hay un movimiento más discreto y no menos peligroso.

Nos contaron nosequé del gobierno de los mejores, de una sociedad basada en la excelencia y nos bombardearon con la milonga del estudio, el esfuerzo y la enjundia intelectual, que se había acabado la sociedad del ladrillo y la especulación nos dijeron. ¡JA! Por si el plan Bolonia no fuera a convertir la universidad en una fábrica de secretarias, dependientes, teleoperadores y curritos varios (en una palabra, aunque sea antigua, proletarios) con un baño de culturilla (los graduados), por un lado,  y, por otro, un coto de caza selecto (los posgraduados y masterizados); y por si no fuera suficiente vender playas, sangría, afterhours y croquetas congeladas refritas para que venga toda Europa a emborracharse, ahora a alguien (alguien con poder) se le ha ocurrido una idea brillante para revitalizar la economía catalana y que volvamos a ser una sociedad admirada por el mundo.

El brillante plan es un «macrocomplejo de ocio» tipo Las Vegas. La pena es que los cerebros que velan por el desarrollo de Cataluña no son los únicos que aspiran a conseguir semejante don del cielo. La Comunidad de Madrid dice que ellos ya lo tienen apalabrado; lo están tramando, por lo visto, Esperanza Aguirre y Miguel Sebastián, así que el asunto sobrepasa las ideologías (y, desde luego, las ideas).  Así que estamos de enhorabuena: pelotazo urbanístico, el Pepe Isbert de turno saludando a los americanos desde el balcón, promoción del derroche, homogenización (aborregamiento ) de gustos y comportamientos, hordas en peregrinación al templo de la horterada y mogollón de puestos de trabajo con el solo requisito de saber poco, pensar menos y estar callado. La excelencia, la cultura, la investigación y el desarrollo las dan los casinos, hoteles, tiendas, restaurantes y campos de golf, y nosotros sin saberlo.

El ideal de todo facha político y económico: una población de mastuerzos. Pobres diablos que se deslomen a currar para gastarse la pasta a partir de las seis y en los fines de semana en ese eufemismo que se llama ocio-y-cultura y que antes se denominaba pan-y-circo. Sí, me quejo de todo, a pesar de que, como me ha hecho ver un amigo, el proyecto nos ofrece una ventaja estupenda: ya no habrá que ir a Las Vegas para casarse disfrazo de Elvis.

PS: Sí, ya sé que esta entrada me ha quedado un poco marxista; ¿y qué? Estoy harta de fachas y reaccionarios.

domingo, 14 de noviembre de 2010

Berlanguiana (in memóriam)


Con un par y sin rubor. El alcalde de Barcelona ha anunciado que vamos a gastarnos 2,2 millones de euros en la iluminación navideña. Navideña, o lo que sea, porque van a ser 36 días, que si se empeñan un poco les sirven las bombillas para marcar las estaciones del Vía Crucis. Dicen que la iluminación incentiva el consumo; suponiendo que eso sea bueno, a saber quién y cómo ha llegado a esa conclusión; son capaces de haber encargado un estudio de esos (¿Si cuando sale a por una barra de pan hay tres bombillas más y le cantan el tamborilero por megafonía se compra un abrigo y un robot de cocina?).

Lo del Ayuntamiento de este pueblo (Barcelona cada vez es más pueblo y menos ciudad) es de una banalidad y de un mercantilismo insoportable. Ese alcalde con tono y maneras de pijo, sin ideas ni ideología, con delirios de grandeza y de posteridad, sin cultura ni visión de futuro, que más parece estar a sueldo de cadenas hoteleras y empresas distribuidoras de energía que del erario está destrozando (con la inestimable colaboración de una Generalitat provinciana y populista) la fama y, lo que es peor, la sustancia, cosmopolita y culta de esta ciudad.

Así que se le ha ocurrido que hay que poner muchas luces para atraer turistas (los extranjeros, por lo visto, para decidir su destino de vacaciones consultan la distribución mundial de lux). ¿Pero dónde va a meterlos? Andar por el centro de esta ciudad ya es un continuo sortear grupos de borrachas y horteras guiris consagradas por una noche a las más vulgares y ordinarias despedidas de soltera (vista la celebración no quiero imaginarme el resto de sus vida ya casadas), y mozos bebiendo y voceando por la ciudad de tal manera que hacen que aquellas fiestas de quintos de la España profunda fueran recepciones versallescas.

Quizá el insigne Hereu (hereu indigne) ha pensado en ponerles lamparitas en la mesilla de noche a los muchos indigentes que andan por la ciudad. Cada vez hay más (la crisis, dicen); en las zonas más cool de la ciudad, solitarios o en grupo, a las puertas de centros culturales y en el portal contiguo a un restaurante de moda. Tal como está la ciudad de Plácidos, es una lástima que al Ayuntamiento no le haya dado por sentar pobres a la mesa navideña, que este año tenía donde elegir y no se los acababa. Y en vez de eso, ¡hala luces! Ya ni dormir tranquilo en la calle lo dejan a uno, que diría Pepe Isbert en una de Berlanga.

miércoles, 7 de julio de 2010

Pijos sin fronteras


He dejado reposar una noticia un mes a ver si, como me aconseja todo el mundo, le doy menos importancia a las cosas que no me afectan directamente y sobre las que no tengo ninguna influencia. Pero nada, estoy cabreada como el día, hace ya un mes, que salió la noticia de que un tipo que se llama Custodio da forma al primer «beach club» de Barcelona. No a un club de playa, no, a un beach club , no se vaya a pensar alguien que será algo parecido a los antiguos baños de San Sebastián o al Atlético Barceloneta. ¡De ninguna de las maneras! Será un sitio cool, en la onda, con un chill out y todo. Que nadie se ponga nervioso; ya han dicho que no será un club privado sino que podrá entrar todo el mundo. ¡Nos ha jodido mayo con las flores! Solo faltaría que esos pijos de tres al cuarto, ignorantes y socialmente prescindibles pudieran montar un club privado en un espacio que la Constitución dice que es público y para el disfrute de todos los ciudadanos.

Y sin embargo, sospecho que «todo el mundo», en inglés debe de significar gente con mucha pasta, banal en su existencia y en su trabajo, y tan estulta que cree que llevar ropa de marca confiere buen gusto y distinción. Que el Santo Ángel Custodio, patrón de la policía, vele por los que llevan su nombre, por su panda, y por el muy tontolaba y pijotero Ayuntamiento de esta ciudad. Porque del club, de la playa y de su todo el mundo cuidarán un montón de guardas jurados y todo tipos de seguratas, tal como ya ocurre en la zona de esa mierda de hotel W, que, con la aquiescencia de los politicastros municipales nos ha secuestrado agua, arena, espacio, cielo y calles. Prueben a ir con aspecto de indigente a las inmediaciones del hotelito de marras. 

lunes, 28 de septiembre de 2009

Con el lirio en la mano

En Barcelona hay prostitución y drogas. Como lo oyen (leen). No me recupero de la sorpresa. ¡Cómo puede ser! En la ciudad de los chiringuitos de playa con aspecto (y precio) de restaurantes de lujo, de las fiestas políticamente correctas, de los zoológicos ecológicos y de los edificios bonitos al lado del mar, lo suyo es que en el Barrio Chino no haya ni putas ni camellos, que para eso lo llamamos Raval. ¡Vivan los oxímorones y los eufemismos! Quizá si llamáramos a las cosas por su nombre todo sería más claro.

Hace unas semanas, estalló el «escándalo» (las comillas indican cita literal) de la prostitución en mi ciudad. Lo destapó (la cursiva indica ironía, entre otras cosas) El País y con ellos se marcó unos tantos y, quizá, unas ventas. Así que hoy La Vanguardia se busca su hueco y destapa que hay tráfico de drogas —¡Qué me dices!— con un titular que ya anuncia el tono: «La droga manda en Ciutat Vella». Si no pasara todos los días, y muchas noches, por el barrio, después de estas semanas no se me ocurriría poner un pie por debajo de la Gran Vía.

Cada uno se escandaliza con lo que quiere, pero hay asuntos sobre los que el fariseísmo es ridículo, o malintencionado. Porque la noticia no es que en el centro de Barcelona hay putas y camellos. La noticia, si la hubiera, y el escándalo sería que hasta ahora los medios, las administraciones y los políticos no lo sabían ¡venga ya! o no les preocupaba ¡ya les vale! El paso siguiente es peor: los escandalizados empiezan a proponer cómo acabar con las drogas y con la prostitución, y las propuestas son imaginativas y novedosas (no voy a llenar el post de cursivas, a buen entendedor...): más presencia policial, mayor dotación de medios a las fuerzas de seguridad, multas, endurecimientos del código penal... Bien, porque como todo eso nunca se le había ocurrido a nadie ni se ha aplicado, seguro que será la medida definitiva para acabar con los «problemas».

El problema no es que haya putas y camellos; el problema es que se ven. A estas alturas de la historia y del conocimiento de la naturaleza humana, si alguien cree que puede hacer desaparecer la prostitución y el consumo de drogas es que es más tonto (o más manipulador y fariseo) de lo que parece. Si vamos a preocuparnos de los problemas de verdad, hablemos de las condiciones sanitarias de las prostitutas, de las mafias, de los chulos, de los drogadictos que no saben lo que compran, de camellos callejeros que reciben las palizas de los camellos gordos por un quitamé allá esa esquina, de hombres inmigrantes que viven sin sus mujeres y buscan prostitutas, las más baratas y clandestinas... Porque si se trata de impedir el comercio del sexo y de sustancias ilegales igual es más eficaz patrullar por encima de la Diagonal; en algunas calles y clubes que mucha gente conoce (y algunos, que tienen el dinero suficiente, frecuentan), hay más comercio sexual y circula más droga que en toda Ciutat Vella.

Holanda, que no es un paradigma de sociedad desmadrada —hasta monarquía tienen— se inventó un modelo de gestionar ambas cosas, drogas y prostitución, que, lejos de hacer de Amsterdam una ciudad degradada, ha conseguido disminuir la delincuencia, las molestias a los vecinos y la degradación de la ciudad. Quizá podríamos probar ese modelo. La legalización y regularización parece tener algunas ventajas: neutralizar las mafias, asegurar condiciones dignas para los trabajadores, mantener la seguridad y la limpieza en el barrio, tranquilidad y seguridad para los clientes, evitar el blanqueo de dinero, ingresos en Hacienda y en la Seguridad Social. Nada, minucias.

No se ha detectado tráfico de morcilla en las esquinas del Chino (perdón, quería decir del Raval) ni que los plomeros vendan sus servicios en los porches de la Boquería por la noche, pero si prohibimos la morcilla e ilegalizamos la fontanería, en menos de una semana podemos destapar un escándalo, rasgarnos las vestiduras, publicar un reportaje crudo con fotografías hiperrealistas, y pedir más policía en la calle y que los fontaneros y la morcilla aparezcan en el Código Penal.

Ps: Si hay que prohibir la prostitución porque provoca degradación (Rubalcaba dixit), prohibamos los ERE, los sueldos de 800 euros, las jornadas laborales de quince horas... calla, a ver si estoy dando ideas de más y prohibiremos los pobres, los parados, los hipotecados, los sin techo, por su bien, para que no estén humillados por prácticas denigrantes.

viernes, 25 de septiembre de 2009

Danzas, rezos e ignorancias

En las fiestas de la Mercè tienen lugar varias actividades relacionadas con Estambul, que me malicio que responden a un plan de marquéting de los actos como ciudad europea de la cultura en 2010, en el que Barcelona participa —en el plan, digo— a cambio de algún favor.

Una de las actividades es la actuación de derviches. No, no son jotas turcas, sino ceremonias de giro. Los giros forman parte —perdón por la simplificación— de técnicas con las que se busca la «disolución del yo», «la unión con el absoluto» la pérdida de la consciencia, en términos más físicos. Los derviches son sufíes, místicos musulmanes, en los que lo que domina es la ascesis, como en los místicos de cualquier religión. En la misma línea está la música qawwali, que ejecutó unos días antes un grupo (siento no recordar el nombre) paquistaní, en el que participan parientes del que fuera el mejor en esa disciplina, Nusrat Fateh Ali Khan.

Además de atender a la calidad musical de esas manifestaciones, me parece que es conveniente saber cuál es su origen, su finalidad, qué dicen y en qué piensan esas personas que están sobre el escenario. Por una parte, cierto respeto por las manifestaciones religiosas de los demás es bueno (y lo dice una atea confesa, militante y convencida de que la religión es el opio del pueblo, de muchos pueblos). Pero, además, se trata de evitar el ridículo de espectadores superenrollados bailando con aire de estar en la onda una canción cuya letra va repitiendo que Dios es grande. Vaya, como ponerse a bailar jotas al ritmo de gregoriano.

No es la primera vez; de hecho, es lo que ocurre casi siempre que se contrata algo árabo-musulmán. No se distingue bien entre los dos adjetivos de esa condición, no se entiende la lengua árabe (ni la persa ni la turco ni la amazig ni la urdu-hindi) y no se sabe casi nada del islam. Por supuesto que es el resultado del más inocente desconocimiento. Quizá quien decide que se veo eso y no otra cosa en un escenario debería pensar en explicar qué es lo que presenta; porque quiero pensar que quien toma la decisión (Ayuntamiento de Barcelona, pero podría ser cualquier otro) sabe de qué va el espectáculo, ¿no?

O quizá no. Basta echar un vistazo a la entrada derviche del diccionario de la RAE. Dice: «Entre los mahometanos, especie de monje». Después de la carcajada, me he puesto lívida, amoratada digo, de vergüenza ajena por la ignorancia y el poco rigor de quien haya escrito semejante definición.

La ignorancia es fantástica, porque es el primer paso para aprender. O lo que es lo mismo, ignorantes somos todos. Lo catastrófico es que no te importe serlo.

martes, 22 de septiembre de 2009

¿Con vistas al mar?

Vivo en un piso viejo, con balcones de madera, bonitos, casi señoriales, pero viejos; es decir, que cuando llueve me entra agua. La solución es poner unos nuevos también de madera (una pasta) o unos de aluminio, que aíslen del agua y del frío (eficiencia energética, etc.); una pasta, pero menos. El ayuntamiento de mi ciudad (Barcelona) no me deja porque hay que mantener la estética de ese patio interior de manzana.

Ese patio donde han construido un parque infantil, que creo que no estaba en el plan Cerdá, con unas luces de diseño del siglo XX, que mantienen encendidas toda la noche. Me quejé; del derroche energético y de que esa luz me da en el ojo por la noche, cuando antes dormía en la plácida oscuridad del patio de manzana y antes de quedarme dormida veía Orión y Sirio (en invierno, claro). Me han dicho que la luz está estudiada para no provocar contaminación lumínica ¡JA!, que la luz por la noche es muy barata y no hay derroche ¡toma concepto ecologista!, y que hay que mantener la luz encendida por si tienen que acudir los bomberos o los cuerpos de seguridad, que, por lo visto, no llevan una miserable linterna.

Es septiembre y llueve, así que vuelve a tocarme vigilar los cielos y, cuando amenaza chaparrón, poner unos tablones para que no me entre agua por los balcones. Nada de poner aluminio, ya que alterar el efecto estético planeado por Cerdà traumatizaría a los niños que van a jugar al parque infantil. Bien, todo sea por contribuir a que la visión de la ciudad sea perfectamente uniforme y artificialmente perfecta: ni balcones de aluminio ni putas en la calle (esas que hasta hace una semana nadie sabía que existían, otro tema). Los edificios modernos y cool son otra cosa. Primero fueron las torres Mapfre, luego el World Trade Center (ni para inventarse un nombre que no estuviera ya usado les alcanzó la imaginación), luego la torre Agbar. Lo último ha sido el hotel-vela, que no es que se llame Vela, sino que tiene forma de vela, dice el Ayuntamiento ufano, de tan prodigiosa idea: una vela al lado del mar; que digo yo que un barco mejor que un hotel (se lo he oído comentar con mucha sorna al excelente periodista Enric González, cuya columna Cosa de dos, en El País, siempre es un placer temático y formal).
 

Todos esos edificios, además de albergar y simbolizar el capital más tradicional y rancio, la especulación inmobiliaria y bursátil, las relaciones laborales deshumanizadas y explotadoras (ya sé que suena antiguo y tirando a rojo), y el modelo económico ese que ya no es sostenible (pero no vamos a tocar que hay que ver cómo les rinde a algunos), esos edificios, digo, tiene algo en común: que los han puesto en medio. Cada vez que me doy a dar un paseo por la "fachada marítima" me dan ganas de gritar ¡Aparta de ahí!

Así que yo no puedo alterar el efecto estético del patio de manzana con unos balcones, pero el Ayuntamiento puede modificar y eliminar todo el efecto estético del mar cuando bien le parece metiendo entre los ojos de los ciudadanos y la visión del agua y del cielo quince o veinte pisos de cemento, hierro y cristal. ¡Hay que joderse!

Voy a comprarme un póster de una playa del Caribe. Lo colgaré en la misma habitación de los balcones viejos, así cuando el agua me llegue a los tobillos me parecerá que no solo veo la playa sino que la tengo en casa.