martes, 7 de diciembre de 2010

El gran salto


Llevo días con esa imagen en la cabeza, no es constante, pero se me aparece de vez en cuando, en situaciones y en lugares insospechados, sin avisar, sin que nada la anuncie. Cuando creo que ya no volverá, asoma de nuevo y me rasga los párpados. No se me borra la imagen de un Mario Monicelli decrépito, con la fragilidad que desprenden los ancianos. No consigo dejar de imaginarlo con esos camisones humillantes de los hospitales, buscando a tientas la ventana adecuada y una silla a la que poder encaramarse para alcanzar a su objetivo. No puedo cesar de pensar en un viejo extenuado por un cáncer terminal y agotado por la lucidez que no te muestra más horizonte que la desesperanza. No se me agota la pena de sospechar la desazón de sentirse abandonado en el último momento y ya para siempre. No me abandona la rabia de intuir la angustia de decidir que para sortear el dolor buscarás dolor y que no habrá sosiego y calor en el  último segundo. Quiero pensar que se imaginó una escena cómica en la que un anciano casi ciego tropieza, consigue a duras penas subirse a la silla y con la última fuerza darse el impulso suficiente para saltar por la ventana.



Con la rabia de pensar que la dignidad de Monicelli y su combativa integridad no hayan merecido algo más de compasión, me encuentro con el reportaje que le dedican a un ciudadano llamado Carlos Santos, quizá menos combativo, pero no  menos íntegro. Sí, sí que hay formas más dignas de morir. 

domingo, 28 de noviembre de 2010

Atunes y elecciones, o el que venga detrás que arree


Día de elecciones y yo sin decidir. Ni dejar de escuchar el parloteo de los candidatos ni no mirar las chorradas en forma de vídeo me ha ayudado a serenarme y saber qué tengo que hacer. Me siento insultada por las campañas electorales, y no solo por esta, que ha sido como si nos llamaran lelos un minuto sí y al siguiente también. Me irrita que piensen que mis decisiones depende de cuatro voces mal dadas en la tele, de unos carteles con sonrisas impostadas y de unas frases tópicas y mal dichas. O creen que soy idiota o son ellos los idiotas; ninguna de las dos opciones me lleva a querer que me representen.

Y en esas andaba cuando me encuentro con una noticia sobre la pesca del atún rojo.  En resumen: a)  todo el mundo sabe que quedan pocos y cada vez menos; b) hay gente que saca pasta (mucha) de todo esto y dice que a ellos no les toquen un céntimo; y c) los políticos a quien corresponde tomar decisiones pasan de a) y aplican b). Los que gritan a), a partir de los datos que proporcionan los científicos, son los ecologistas; a mí me parece que deberían ser los economistas (esos adivinos a toro pasado incapaces de prever problemas y proponer soluciones pero expertos en analizar hechos consumados y prescribir remedios que no han funcionado jamás) porque de lo que va esta noticia es de gestión de recursos, o sea, de riqueza o pobreza.

Oí decir a un pescador que no entendía que cuantos más peces se necesitaban, porque eran más pescadores, menos daba el mar; y luego decía algo de un tal Dios, al que debía de imaginarse fabricando merluzas. De los que viven de la pesca no pido conocimientos de dinámica de poblacionesn, pero sí que entiendan la fábula de la gallina de los huevos de oro. Me da lo mismo lo que le pase al atún rojo dentro de cincuenta años (creo que el sushi no es nada del otro mundo). En realidad, casi me da lo mismo lo que le pase al mundo dentro de cincuenta años; y si me me empeño, me da lo mismo lo que le pase dentro de cincuenta días, pero hay que ser gilipollas para destruir lo que te da de comer.

Lo que me ha hecho ver la luz y decidir, por fin, cómo ejercitar mi derecho al voto ha sido el papel desempeñado por los políticos. No digo yo que los representantes del pueblo tengan que ser inteligentes; ni siquiera albergo la esperanza de que unos pocos sean brillantes y tengan ideas (e ideología). En el caso de los que deciden sobre la gestión de la pesca del atún no espero que estudien el ciclo vital de esa especie ni que entiendan qué es el saldo demográfico, pero a alguien que toma mi voz y decide por mí cómo va a ser el mundo le exijo que sea valiente, y que sabiendo que tiene que hacer algo no haga lo contrario. 

PS 1: Otra gilipollez, ya que estamos. Entre las noticias destacadas del día no están unas elecciones que sí pueden ser un clave para el mundo de los próximos cincuenta años. Las hacen en Egipto, y hay que ser corto de miras para no entender que nos afectan. Le honra la excepción a Público, que ha tenido a bien mandar un corresponsal que lo cuenta y lo explica.

PS 2: Y como no hay dos sin tres, me pregunto por qué no haypolíticos con enjundia, que no sean guiñoles de unos partidos que a lo más que aspiran es a no perder escaños, que piensen algo y lo digan, aunque se equivoquen, y crean que su trabajo consiste en cambiar algo y mejorarlo, y que su negociado es de de las personas y las sociedades y no el de los mercados.

domingo, 14 de noviembre de 2010

Berlanguiana (in memóriam)


Con un par y sin rubor. El alcalde de Barcelona ha anunciado que vamos a gastarnos 2,2 millones de euros en la iluminación navideña. Navideña, o lo que sea, porque van a ser 36 días, que si se empeñan un poco les sirven las bombillas para marcar las estaciones del Vía Crucis. Dicen que la iluminación incentiva el consumo; suponiendo que eso sea bueno, a saber quién y cómo ha llegado a esa conclusión; son capaces de haber encargado un estudio de esos (¿Si cuando sale a por una barra de pan hay tres bombillas más y le cantan el tamborilero por megafonía se compra un abrigo y un robot de cocina?).

Lo del Ayuntamiento de este pueblo (Barcelona cada vez es más pueblo y menos ciudad) es de una banalidad y de un mercantilismo insoportable. Ese alcalde con tono y maneras de pijo, sin ideas ni ideología, con delirios de grandeza y de posteridad, sin cultura ni visión de futuro, que más parece estar a sueldo de cadenas hoteleras y empresas distribuidoras de energía que del erario está destrozando (con la inestimable colaboración de una Generalitat provinciana y populista) la fama y, lo que es peor, la sustancia, cosmopolita y culta de esta ciudad.

Así que se le ha ocurrido que hay que poner muchas luces para atraer turistas (los extranjeros, por lo visto, para decidir su destino de vacaciones consultan la distribución mundial de lux). ¿Pero dónde va a meterlos? Andar por el centro de esta ciudad ya es un continuo sortear grupos de borrachas y horteras guiris consagradas por una noche a las más vulgares y ordinarias despedidas de soltera (vista la celebración no quiero imaginarme el resto de sus vida ya casadas), y mozos bebiendo y voceando por la ciudad de tal manera que hacen que aquellas fiestas de quintos de la España profunda fueran recepciones versallescas.

Quizá el insigne Hereu (hereu indigne) ha pensado en ponerles lamparitas en la mesilla de noche a los muchos indigentes que andan por la ciudad. Cada vez hay más (la crisis, dicen); en las zonas más cool de la ciudad, solitarios o en grupo, a las puertas de centros culturales y en el portal contiguo a un restaurante de moda. Tal como está la ciudad de Plácidos, es una lástima que al Ayuntamiento no le haya dado por sentar pobres a la mesa navideña, que este año tenía donde elegir y no se los acababa. Y en vez de eso, ¡hala luces! Ya ni dormir tranquilo en la calle lo dejan a uno, que diría Pepe Isbert en una de Berlanga.

domingo, 31 de octubre de 2010

Josefina



Ni el trabajo ni el pan ni la libertad ni el futuro se regalan. Marcelino Camacho



Hay pocas cosas que me conmuevan más que la integridad y la firme decisión de ser lo que se es y lo que se quiere ser; y me admira la tozuda resistencia contra los ecos fatuos del poder. No estoy segura de que yo pudiera con ellos.

De las imágenes aparecidas a propósito de la muerte de Marcelino Camacho, esta es una perfecta declaración de principios: su mujer, un amigo, su ideología y la marquesina de un autobús. Es la escueta descripción de la vida de un hombre que a esas altura podía tener despacho, coche, cargo honorífico, lugar reservado y unas cuantas prebendas. Sin embargo, parece seguir obstinado en defender algo para todos y anhelar para sí solo lo necesario para vivir. No viene al caso si lo hizo bien o mal; solo hablo de la persistente convicción de que o nos salvamos todos o no se salva nadie, de la decisión tenaz de levantar la voz por los más débiles y de una manera de vivir convencidamente honrada y entregada.

Y con todo, las imágenes que me han emocionado son las de Josefina Samper, su mujer. Ella era quien tejía los famosos marcelinos, esos jerséis de lana gorda con cremallera y cuello alto que inventó porque él tenía la garganta delicada y en la cárcel siempre estaba con faringitis. Luego siguió tejiéndolos; y él siguió llevándolos toda la vida. También ella, con toda la dignidad de una mujer sin bótox ni peluquería. Murió su marido y supo que tenía que estar ahí, aguantando el tirón con entereza, como estuvo siempre. Se puso una chaqueta de lana y fue para allá, a agradecer a todo el mundo que fueran a despedirse. Para ser la persona más digna de todos los que pasaron no necesitaba ni trajes negros ni gesto alguno, le bastaba su vida entera. Luego se volvió a su casa.

PS: Eso ocurría un día antes de celebrarse el centenario del nacimiento de Miguel Hernández, otro ejemplo de dignidad y voluntad de pensar y decir, llorado por otra Josefina (Manresa), una mujer morena resuelta en lunas.

lunes, 18 de octubre de 2010

Mujeres importantes



Parece ser que hay once mujeres chinas muy ricas. Supongo que la noticia tiene cierta relevancia macroeconómica, aunque no sé si porque hay muchas mujeres chinas ricas o porque hay solo algunas mujeres chinas que son ricas pero estén entre las más ricas del mundo. Yo, que sigo analizando la cuestión de la riqueza y su reparto con un sesgo ligeramente proletario, deduzco que hay once mujeres chinas especuladoras o explotadoras (o ambas cosas), porque creo que nadie se hace muy rico trabajando. Quizá haya algún ejemplo de eso que llaman hombres hechos a a sí mismos, que de la nada y solo con el esfuerzo personal han llegado a la riqueza, el reconocimiento social y, quizá, hasta la educación y la cultura. Tal vez haya algunos que han tenido mucha suerte —es decir, que han pegado un pelotazo—, y es posible que algunos de ellos, consciente de lo inmerecido de su posición, crean que deben devolver algo a la sociedad e intentar equilibrar la injusticia de un mundo que pasa de la gran sequía a la gran remojá en cuestión de kilómetros, sin ir más lejos, en los catorce que separan África de Europa.

El caso es que hay mujeres con más pasta de la que podrán gastarse en toda su vida. Alguien elabora una lista y publican en los medios de comunicación de todo el mundo nombres y apellidos, y dedicación principal (habrá que ver cómo cuantifican y suman, porque la gente muy rica, por definición y por codicia, dicen bastante menos de lo que hay y ocultan lejos  de todo lo que se parezca a un inspector de hacienda bastante más de lo que enseñan). Ya me imagino que le da igual al redactor, a quien ha preparado la lista y a las señoras, pero quiero decir que a mí esas mujeres no me importan nada.

Lo que me gustaría saber es quiénes son las más pobres. ¿Es que no van a buscarlas? ¿Nadie va a decir dónde están, cómo se llaman y a qué se dedican? ¿O es que son tantas que  no saben por dónde empezar los hacedores de listas? Una sugerencia: pueden darse una vuelta por África; tienen para no parar de escribir el nombre de las mujeres más pobres del mundo, es decir, de mujeres importantes. Si serán importantes que veneramos la tierra que pisan y, sobre todo, lo que hay debajo. 

PS: Los chinos se han apuntado a hacerse los amos de África, por varias vías. La primera es hacerse con las contratas de las infraestructuras (supongo que a cambio de cuantiosos sobornos, costes ínfimos y rendimientos inauditos). La segunda es la de los pequeños negocios y la presencia creciente pero paulatina. Se comportan como en Europa: integración nula y nada de reivindicaciones ni de hacerse visibles. 
Hay que reconocerles que montar un todo a cien en África, 
donde todo es a uno, tiene su mérito.

domingo, 10 de octubre de 2010

El ataque de los letraheridos vivientes


Hay millones de personas que saben empuñar un pincel y abrir un bote de pintura; Algunos incluso acaban de pintar el techo del cuarto de baño o las puertas de los balcones, trabajos ambos que requieren cierto dominio de los utensilios y las técnicas a fin de no ponerlo todo perdido y de que no haya más pintura en la pared aledaña que en la puerta en cuestión. Unas pocas personas que saben hacer eso pintan cuadros; y de estas, son prácticamente insignificantes (estadísticamente hablando) las que creen merecer que su obra se muestre al público en un museo o en una sala de exposiciones.

Sin embargo, hay que ver qué montón de individuos cree que el hecho de hablar los capacita para escribir un libro. No digo, ni siquiera, hablar bien; solo el mero hecho de usar (insisto en que no siempre bien) palabras para comunicarse da a muchas personas la certeza de que su novela va a ser la caña, en cuanto consigan meter unos cuantos conflictos (mejor que ocurran en el pasado remoto) un cierto misterio (la dosis adecuada de negrura, a ser posible con unas gotas de esoterismo y un chorrito de conspiración), un poco de sexo (con más o menos amor según la ideología o las fantasías secretas del autor) y, ya en el peor de los casos, unas cuantas páginas de erudición wikipédica.

Cada vez hay más servicios (negocios) que les ofrecen a esa personas la posibilidad de publicar su novela, por un precio (módico o no). A veces les sugieren que contraten un corrector para pulir un poco el libro, pero nadie les cuenta que un original (y, a menudo también una traducción) debe pasar por las manos de un editor (un editor de mesa, no el dueño de la editorial). Tampoco les dicen cuántas correcciones debería pasar un libro para salir bien ni qué tiene que hacer cada uno de los correctores que trabaje el texto. Lo malo es que, muchas veces, no les dicen todo eso por pura ignorancia de los procesos y los pasos necesarios para tener cierta garantía (que no garantía cierta) de la calidad de un libro, sea una novela, ensayo filosófico, tratado médico, guía de viaje o libro escolar, y sea en papel o digital. Porque la cuestión es que corre el bulo de que ahora, con “eso del libro electrónico” y con Internet, los libros de hacen en un pispás, que puede hacerlos cualquiera y que por fin nos hemos librado del despotismo de las editoriales. «Tú escribes lo tuyo y lo publicas, sin intermediarios que te cambien ni una coma», como si eso fuera lo mejor que le pueda pasar a un libro, y, por ende, a un autor y a los lectores.

Las editoriales se quejan de que no se reconozca su función, claman que tendrán que hacer frente a la piratería y que cualquier se autoedita (quieren decir publica) su propio libro, pero son las principales responsables de la situación. Muchas (las grandes) han reducido el director editorial (responsable de la calidad de los libros) a un jefe de compras (responsable de que los libros se vendan mucho) y han ido eliminando el trabajo del editor de mesa y las correcciones: directamente o empresa de servicios editoriales mediante, presupuestan poco tiempo y menos dinero; lo de menos es el  producto (libro) final. Tampoco tendrán que escuchar ni siquiera oír (aunque mucha gente no lo crea, son dos verbos con significados diferentes, porque designan actitudes y procesos neurológicos distintos) quejas ni reclamaciones; cuentan con la imprescindible colaboración de los lectores.

Ya hace tiempo que no le quito la etiqueta con el precio a un libro hasta que no llevo el 10% (aproximadamente) leído. Si hasta ahí no me encuentro taras (anacoluto, anantapódoton, incongruencias de contenido, transcripciones de lenguas extranjeras poco cuidadas o inconsistentes, falsos amigos en caso de que sea una traducción, y otros rotos y descosidos) ya lo hago mío. Pero si en las páginas iniciales me topo con desconchones (no doy importancia a las erratas esporádicas), lo devuelvo y me quejo por haberme vendido un producto en mal estado. La cuestión es ser capaz de detectar que está en mal estado o que es gato y no liebre. A mí, por ejemplo, me dan olivas negras pequeñas acompañadas de una publicidad que diga que es caviar y pueden ahorrarse el esturión. Eso sí, no me cuelan un solecismo como prosa refulgente ni un cuento chino como novela de sutil arquitectura narrativa, y eso que yo a duras penas soy capaz de pintar una pared con rodillo.
  
PS: Cerca andan, si no son casos análogos, los llamados libros de autoayuda, que disfrazados de filosofía no pasan de ser recopilaciones de perogrulladas de sentido común, en el mejor de los casos, o agua del grifo vendida como crecepelo instantáneo, en los casos de filósofos o psicólogos de pacotilla con más cara que espalda y una buena tajada en derechos de autor apadrinados por editoriales que gastan mucho más en marketing que en informes de lectura, editores y correctores.

miércoles, 29 de septiembre de 2010

Endelea


Magda tiene  algo más de 40 años, ya es abuela y tiene sida. La ha repudiado su marido, su familia no quiere saber nada de ella y sus vecinos la desprecian. Tiene cinco hijos, sanos, y, como si no se le agotaran las fuerzas, ha acogido otro chaval, este sí con VIH, hijo de un primo que murió de sida. Magda dice que no se avergüenza de haberse contagiado curándole las heridas a ese primo y que no tiene que ocultar que ayudó a un enfermo, cuando nadie los ayudaba ni les explicaba cómo protegerse del virus. ¡Ah!, un detalle, Magda es africana. Vive en una zona rural próxima a Moshi. Es afortunada, en Tanzania, les dan los fármacos, solo que hay que ir al hospital. Para eso, Magda tiene que pagar una bici-taxi hasta la parada del autobús, luego el autobús y luego la visita en el hospital, para ella y para su sobrino, que con menos de 14 años ha aprendido a guardar bien su cepillo de dientes para que sus primos no lo usen y no corran el riesgo de contagiarse. Magda también tiene que alimentar, vestir y escolarizar a sus hijos, porque sabe que si hay alguna esperanza para ellos, probablemente pase por el colegio.

Magda ha tenido fuerza para organizarse una pequeña empresa. Hace ladrillos de adobe. En su afán de no darse por vencida, busca empresas y particulares que necesiten sus ladrillos, para poder dar trabajo a cuatro personas que la ayudan a hacer ladrillos. Ahora ha comprado cuatro cerdos. Los compra gorrinos, los engorda y los vende. Un negocio con riesgos y no muy relajado. Pero a Magda no se le ocurre buscar caminos rápidos y fáciles de vivir. Para todo eso tenía fuerza y solo ha necesitado un microcrédito que le ha prestado el proyecto Endelea (‘continuar’) que ha puesto en pie  Tierra de Amani. Magda, además de salir adelante, es un ejemplo para otras mujeres de la zona de Moshi, donde trabaja esta oenegé. Unas comercian con telas, otras intentan organizar pequeños comercios en sus pueblos, pero lo primero que tiene que hacer todas es superar la depresión y la angustia. Son africanas, mujeres y enfermas de sida; es difícil acumular más estigmas. En la pequeña oficina de Tierra de Amani, dos trabajadores sociales tanzanos, Shuma y Violet, les sugieren ideas para posibles negocios, las asesoran para desarrollarlas y usar los microcréditos y, sobre todo, las ayudan a tejer una red social, entre ellas y con personas valientes que se atreven a no condenarlas.

Además de estar dándoles la vida a esas  mujeres y sus familias. Tierra de Amani es la fuente de financiación del Kili Centre. ¡otro milagro! Más de cien niños salvados de las calles. Unos viven en el centro, otros vuelven a sus casas a dormir; todos comen, se lavan, van a la escuela, aprenden a responsabilizarse de tareas, a respetar a los demás, a comer de manera equilibrada y a protegerse de la malaria, han dejado de sufrir palizas o abusos sexuales y han vuelto a encontrar palabras amables, atención e, incluso, algún abrazo. Han aprendido que son inteligentes,que pueden estudiar, decidir qué quieren ser e intentarlo. Ninguno tenía nada de eso antes de llegar al Kili Center, algunos no recordaban haber dormido nunca bajo techo y la mayoría estaban condenados a acabar sus días esnifando pegamento.

El mundo tiene caras muy feas, sí. Y también vidas ejemplares, como la de Magda, y como la de la gente que puso en pie Tierra de Amani porque decidió que le debía algo a las personas a las que les toca sufrir siempre y mucho. Solo que podemos evitarlo. El proyecto Endelea y el Kili Center son una oportunidad que nos regalan para hacer algo. Les hace falta dinero, claro,  y conociendo la vida de Magda, a ver quién dice que no le sobra para colaborar (una de esas tardes de salir al cine y a cenar nos cuesta…). No os lo gastéis todo; pronto os contaré unas vidas ejemplares que enlazan Níger con Terrassa. Se empieza con una mujer, se sigue con una familia y acabas haciendo un mundo justo. Es el peligro decidir que le vas a dar a una persona la oportunidad que nunca tuvo de salir adelante, porque sí y porque quieres.

PS: Para perezosos y ajetreados que no quieran buscar más, la cuenta corriente es Unicaja 2103-2100-60-0030000315.